Son muchas las leyendas alusivas a estos personajes, podemos encontrar sus historias en diversas épocas y países, muchas de éstas exaltan sus virtudes, sin embargo otras nos cuentan los terribles desenlaces que aguardaron a más de uno de estos clérigos. En esta ocasión la Leyenda que vamos a relatar refiere uno de esos horribles desenlaces.
Esta historia se vincula de forma directa con la Leyenda de la Llorona.
Transcurridos algunos años tras el triste y cruel desenlace que trajo como consecuencia la transformación de Yoltzin en aquél espectro maldito que asolaba la Nueva España y a sus pobladores, algunos hombres haciendo alarde de su valentía decidieron ir en su busca para hacerle frente, adentrándose en el bosque o siguiendo las márgenes del río donde ésta había ahogado a sus hijos, la mayoría de estos fueron encontrados muertos con una terrible mueca dibujada en su rostro que daba fe del horror que los había consumido en su último suspiro al toparse cara a cara con el espectro. Solo algunos afortunados que decidieron dar marcha atrás a su empresa al divisar a la distancia a aquella alma desolada habían sobrevivido, sin embargo habían perdido la razón con solo escuchar su lamento, un lamento que referían se oía suave, pero que era capaz de helar la sangre y erizar los cabellos mientras atravesaba lentamente sus cuerpos dejándolos sumergidos en un escalofrío único que parecía interminable.
Era por esto que al caer la noche, los moradores de la ciudad se apresuraban a llegar a sus casas para una vez dentro de las mismas atrancar las puertas hasta el día siguiente y resguardarse de aquella pesadilla que cada vez con más frecuencia salía del bosque para recorrer con su estremecedor lamento las calles vacías de la ciudad. La guardia nocturna tomaba sus previsiones para ponerse bajo buen resguardo en cuanto sintieran o escucharan a aquél espectro acercarse, mientras que en las abadías y conventos sus moradores levantaban a su paso plegarias al Señor suplicando por el perdón de aquella alma atormentada.
Así transcurrieron varios meses hasta que un monje, hombre de fe y de buen corazón decidió tomar cartas en el asunto. Él había conocido en vida a Yoltzín; ella había acudido a él en varias ocasiones a pedir consejo y había incluso llegado a fungir como su confesor, hecho que le llevaba a tener la firme convicción de que ella confiaría en él y le escucharía, llegando a creer incluso que podría liberarla del pesar que daba origen a su terrible maldición.
Con el aval de sus superiores y armado únicamente con una lámpara y un crucifijo salió del monasterio al caer la noche. Habiendo transcurrido un par de horas escucho el lamento de Yoltzín como si ella se acercara, sin embargo bien sabía que entre más cerca se escucha su llanto más lejos se encontraba, así que tras lanzar una plegaria al cielo se apresuró a seguir los pasos del espectro, mismos que lo llevarían a adentrarse en la profundidad del bosque.
Anduvo por unos instante deambulando sin rumbo aparente; la oscuridad, los misteriosos sonidos nocturnos del bosque, las sombras de los árboles dibujadas tenebrosamente a la luz de la lámpara comenzaron a causar estragos en su mente, comenzando a inundar la misma con un miedo implacable que poco a poco iba carcomiendo su cordura, olvidando por completo su fe y su ministerio para finalmente convertirse en un hombre ordinario, olvidándose por completo de la misión autoimpuesta que lo había llevado hasta aquél lugar, dando marcha atrás a la misma. Conforme avanzaba en busca de la salida del bosque su corazón palpitaba cada vez con más frenesí y sus pasos se volvían cada vez más torpes llegando a caer incluso en un par de ocasiones. De pronto, escucho un lamento como murmullo, sintió un escalofrío congelante recorrer despacio todo su cuerpo para finalmente envolverlo en un frío atroz, volteo la mirada lentamente solo para percatarse que detrás de él se hallaba una joven y hermosa mujer indígena vestida de blanco, con el semblante triste y de cuyos ojos emanaban lágrimas de sangre, sin embargo y al girar completamente hacia ella, su rostro, sus manos, sus pies comenzaron a descarnarse dando paso a la imagen grotesca de un esqueleto que lo miraba fijamente, a través de las cuencas de sus ojos podía sentir el odio, el rencor y la amargura que carcomían al espectro y que daban fuerza a su maldición; de pronto sintió como una mano descarnada acariciaba su mejilla provocándole un dolor insoportable, no pudo soportar más y perdió el conocimiento.
A la mañana siguiente el monje fue encontrado sin sentido a las afueras del bosque, ardía en fiebre y mostraba una terrible herida en la mejilla, fue llevado hasta su monasterio donde fue tratado por varios días bajo la expectativa de una muerte inminente, pues la fiebre no cedía y no importaba cuantas veces fuera la limpiada la herida de su cara ya que siempre se volvía a infectar sin mostrar ningún tipo de mejoría. En sus delirios el hombre refería el horror al que se había expuesto y aseguraba ver al espectro de la Llorona ahí al pie de su cama, volviéndose cada vez más y más agresivo con aquellos que se acercaban a procurarle. Fue por esto que al ceder la fiebre fue tratado como un demente y encerrado en una celda ubicada en lo más profundo del monasterio.
Pasaron algunos años y el monje insistía en que el espectro de la Llorona lo perseguía sin descanso, asegurando que en más de una ocasión había entrado en su celda donde simplemente lo miraba como si se regocijara de su suerte, sin que nadie hiciera caso de sus palabras. Sin embargo la herida siempre abierta de su mejilla sangraba profusamente cada vez que aseguraba haber sido visitado por el espectro.
En cierta ocasión hubo un incendio en el monasterio, todos sus habitantes salieron del mismo olvidándose por completo del monje, quién lanzaba gritos desesperados para que lo sacaran de su celda mientras el fuego la consumía vorazmente. No fue sino hasta que fue controlado el incendio que los demás recordaron al monje cautivo. Se apresuraron a llegar a su celda y al llegar a la misma quedaron perplejos al encontrar la puerta arrancada violentamente y en la misma un girón de tela blanca desgarrada, sin embargo del monje no hallaron ningún rastro, lo dieron por muerto a pesar de que nunca se encontró su cadáver.
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